Todavía no entiendo como desde Wikipedia, buscando información sobre la talla en madera, llegué al sitio Web de Emilio Pineda, pero me colgué leyendo esto, que no solo me gustó y me entretuvo un rato, sino que además, me dio la impresión de ser yo la que lo escribía. Si si, parece una de mis anécdotas.
Efecto Secundario por
Emilio Pineda
Me encontraba caminando hacia mi casa y de pronto escuché una voz que me gritaba:
¿Quiubo Emilio, está enamorado? Yo sonreí con algo de preocupación, volví la cara y algo perplejo recuperé mi trayecto; abrí la puerta y me dirigí al espejo, donde estuve largo rato esperando encontrar en mi rostro alguna arruga o mancha que afirmara mi situación, pero nada. Luego de autodetallarme noté que seguía caminando como siempre y durmiendo del misma lado.
Al día siguiente al despertarme, corrí al espejo esperando que lo que fuese que me delatara ya habría desaparecido, o por el contrario se haría más evidente, pero al parecer nada había cambiado; ha diferencia de unas pronunciadas ojeras y el pelo reblujado.
Durante el baño intenté nuevos métodos de estregarme y restregarme pero desistí de seguir haciéndolo ante el tono rojizo oscuro adoptado por mi piel. Después de dos semanas de no hacerlo decidí afeitarme y tras unas pequeñas cortadas terminé, pero todo era lo mismo.
Por unos instantes conservé la esperanza de haberme desecho de la evidencia pero nuevamente volví a escuchar aquella frase: ¿Quiubo Emilio, está enamorado?
La situación se tornaba insoportable, así que para intentar desviar mi atención salí a tomar aire; abandoné mi casa y poco a poco me compenetré con el bullicio de las calles. Encendí un cigarro y miré mi reloj; las tres y dieciséis me decían que otro día se marchaba y yo aún sin entender una de esas cosas a las que nunca se les logra encontrar una explicación.
Cuando atravesaba el parque sucedió lo que alejaría todas mis dudas, la prueba total del significado de aquella frase que casi odiaba, la cual escuché nuevamente mientras me caía luego de haber tropezado con unas escalas y allí fue donde recordé que aquel día en que escuché por primera vez esa molesta frase un instante antes me resbalé en una acera.
Y es que además de asentar la cara de idiota, el amor atrofia los sentidos.
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por
Emilio Pineda
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